jueves, 11 de septiembre de 2008

Michel Foucault y la sociedad panóptica



"Quizá nos dan hoy vergüenza nuestras prisiones. El siglo XIX se sentía orgulloso de las fortalezas que construía en los límites y a veces en el corazón de las ciudades. Le encantaba esta nueva benignidad que reemplazaba los patíbulos. Se maravillaba de no castigar ya los cuerpos y de saber corregir en adelante las almas. Aquellos muros, aquellos cerrojos, aquellas celdas figuraban una verdadera empresa de ortopedia social. A los que roban se los encarcela; a los que violan se los encarcela; a los que matan, también. ¿De dónde viene esta extraña práctica y el curioso proyecto de encerrar para corregir, que traen consigo los Códigos penales de la época moderna? ¿Una vieja herencia de las mazmorras de la Edad Media? Más bien una tecnología nueva: el desarrollo, del siglo XVIII al XIX, de un verdadero conjunto de procedimientos para dividir zonas, controlar, medir, encauzar a los individuos y hacerlos "dóciles y útiles". Vigilancia, ejercicios, maniobras, calificaciones, rangos y lugares, clasificaciones, exámenes, registros, una manera de someter los cuerpos, de dominar las multiplicidades humanas y de manipular sus fuerzas se ha desarrollado en el curso de los siglos clásicos, en los hospitales, en el ejército, las escuelas, los colegios o los talleres: la disciplina. El siglo XIX inventó, sin duda, las libertades; pero les dio un subsuelo profundo y sólido -la sociedad disciplinaria de la que seguimos dependiendo [...].
Bajo el conocimiento de los hombres y bajo la humanidad de los castigos se encuentra cierto dominio disciplinario de los cuerpos, una forma mixta de sometimiento y de objetivación, un mismo poder-saber. "
Michel Foucault (1975): Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión, Madrid: Siglo XXI Editores 1976 (edición original: Surveiller et punir, Paris: Editions Gallimard).
La publicación de Vigilar y castigar a mediados de los setenta supuso un claro ataque del filósofo francés Michel Foucault contra la supuesta "benignidad" de nuestro sistema penitenciario. A los ojos del hombre moderno aparecía como una marca del progreso ilustrado el abandono de un sistema penitenciario en el que los condenados eran ejecutados públicamente mediante crueles torturas, para sustituirlo por nuestro sistema actual, en el que se encierra al individuo para corregirlo.
Para Foucault, el nacimiento de las cárceles modernas no puede ser entendido como el resultado de un progreso social encaminado a la mejora y reinserción de los individuos. Más bien, la cárcel constituiría la expresión arquitectónica de un cambio de las representaciones y las objetividades que acompañan al nacimiento de una nueva sociedad, en la que el aumento de la población, el cambio en los sistemas de producción y los avances técnicos exigirán nuevas y más eficientes formas de control.
Una figura singular destaca en la exposición de Foucault: el panóptico (pan-óptico = todo-visión):




El panóptico es una figura arquitéctónica inventada por el filósofo J. Bentham en 1791. A pesar de que sus primeros esfuerzos no tuvieron resultado, en el transcurso de medio siglo el dispositivo de la arquitectura panóptica se convertirá en un modelo para la construcción y organización, no sólo de cárceles, sino también de cuarteles, talleres, hospitales y colegios. ¿En qué consiste el dispositivo panóptico?

"En la periferia, una construcción en forma de anillo; en el centro, una torre, ésta, con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo. La construcción periférica está dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcción [...]. Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar. Por el efecto de la contraluz, se pueden percibir desde la torre, recortándose perfectamente sobre la luz, las pequeñas siluetas cautivas en las celdas de la periferia. Tantos pequeños teatros como celdas, en los que cada actor está solo, perfectamente individualizado y constamente visible. El dispositivo panóptico dispone unas unidades espaciales que permiten ver sin cesar y reconocer al punto [...]. La visibilidad es una trampa."
[203s.].
Foucault describe el dispositivo panóptico como una "máquina de disociar la pareja ver - ser visto". En efecto, quien se encuentra en alguna de las celdas de la periferia es siempre visto sin poder jamás ver a aquel que le observa desde la torre central; en cambio, quien esté situado en ésta lo ve todo, sin ser jamás visto.
Mediante esta peculiaridad, el nuevo sistema penitenciario ejerce una forma absolutamente novedosa de poder, una tecnología del poder sobre los individuos por mediación de la vigilancia constante. No se trata tanto de ejercer una vigilancia y un castigo efectivo sobre el condenado, sino más bien de lograr un sistema de representaciones que permita inscribir la disciplina en el interior de su subjetividad, mediante la organización de sus emplazamientos y sus tiempos, mediante la acumulación de una serie de técnicas ejercidas sobre su cuerpo. Por ello, el efecto más importante del panóptico es "inducir al detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder" [204].
Así, el sistema penitenciario actual no se muestra meramente como una técnica más "humanitaria" con respecto al sistema del XVII. No se trata de un sistema más humanitario, sino más complejo, sofisticado y eficiente. El modelo del panóptico permite, por ejemplo, que el condenado se sienta vigilado cuando ni siquiera existe un vigilante en la torre. De este modo, el poder no es ejercido por el vigilante ni por la misma institución: es el propio condenado el que se vigila a sí mismo, al tener la conciencia cierta de poder ser vigilado en cualquier momento sin poder determinar nunca cuándo y cómo se produce esto. El propio condenado reproduce por su cuenta las coacciones del poder, "inscribe en sí mismo la relación de poder en la cual juega simultáneamente los dos papeles; se convierte en el principio de su propio sometimiento" [206].
Ahora bien, la tesis verdaderamente central de Vigilar y castigar es extraída por Foucault mediante la ampliación o extrapolación del dispositivo panóptico a la generalidad de los sistemas sociales e institucionales de las democracias modernas. Este modelo, sin dejar de conservar ninguna de sus peculiaridades, "está destinado a difundirse en el cuerpo social; su vocación es volverse en él una función generalizada" [211]. La radicalidad del filósofo francés reside por lo tanto en su defensa de que nuestras sociedades libres han sido construidas como una red panóptica, que reproduce a todos los niveles y en relación con todos los individuos que la componen las mismas técnicas de coerción que se emplean en las cárceles desde el siglo XIX. Pues el panóptico supone principalmente la posibilidad de una implementación difusa, múltiple y polivalente de los sistemas disciplinarios en el cuerpo social. Ya en la sociedad de principios de siglo XX el poder "democrático" se ha instalado sirviéndose de los instrumentos que posibilitan una "vigilancia permanente, exhaustiva, omnispresente, capaz de hacelo todo visible, pero a condición de volverse ella misma invisible" [217]. Para Foucault, de esta forma, la génesis de la sociedad moderna coincide con la génesis de una sociedad disciplinaria.
A mi juicio, Foucault ofreció con esta obra una de las claves que nos permite entender aspectos importantes de la sociedad en la que vivimos. A pesar de su prematura muerte en 1984, sus análisis ofrecen un marco teórico para enjuiciar el desarrollo de los mecanismos de control tras los desarrollos tecnológicos de las últimas décadas.
Foucault advertía que la ampliación del dispositivo panóptico a todos los niveles del cuerpo social no se apoya necesariamente en unas condiciones arquitectónicas. Este dispositivo se encuentra presente en una sociedad si un gobierno consigue implementar, de la forma que sea, esa maquinaria que permite disociar la pareja "ver - ser visto". Y el desarrollo de la tecnología y la informática en los últimos años permite una perfección de esta maquinaria hasta límites que reproducen con demasiada fidelidad el panorama descrito por George Orwell en 1984.
Sólo en Reuno Unido hay instaladas actualmente 4,2 millones de camaras de vigilancia, según queda recogido en el Report on the Surveillance Society (2006), de forma que un ciudadano de Londres puede ser grabado en 300 momentos o lugares diferentes en un sólo día. A la vez, 35 millones de vehículos pueden ser seguidos mediante sistemas adicioneales de vigilancia (v. aquí).
En estos momentos, Sarkozy se encuentra en plena escaramuza malabarística para que se acepte el llamado fichero Edvige, un plan aprobado ya por decreto y que permitirá extender los ficheros de la policía a todas las personas mayores de 13 años "susceptibles de atentar contra el orden público", así como a personas que hayan participado en actividades políticas, sindicales o económicas, o que desempeñen un "rol social significativo" en el ámbito social, institucional, económico o religioso. Justamente hoy El País le dedica en su editorial estas palabras a dicho plan: "Sea o no revisado el decreto en cuestión, el caso de Francia ilustra el progresivo control y vigilancia del ciudadano que se respira en las sociedades democráticas, con el argumento de la seguridad pero también con grave menosprecio de las libertades".
En Alemania, el Tribunal Constitucional ha aprobado la "legalidad" de que la policía instale "troyanos" o spyware (programas espía) en el ordenador de un sospechoso con el objeto de investigarlo y encontrar pruebas incriminatorias en su contra. Mediante este tipo de programa, la policía alemana puede conocer con el permiso de un juez la identidad de un usuario de internet, los contenidos de su disco duro, la lista de los programas que utiliza, los archivos descargados desde la red, las direcciones de páginas web que visita, así como cualquier operación realizada por éste a través de la red o mediante su ordenador, tales como el envío de correos electrónicos o el establecimiento de conversaciones vía Skype o Messenger (v. aquí).
Pero lo más grave de esto último es que el Parlamento Europeo ha intentado ampliar a hurtadillas este modelo a toda la Unión Europea mediante las denominadas "enmiendas torpedo", que ya recibieron atención en este blog. Será a finales de este mes cuando se conozca qué resolución final han tomado "nuestros" eurodiputados.
Una sociedad de vigilancia como la europea se convierte en una sociedad disciplinaria desde el momento en que el ciudadano, no sólo es vigilado, sino principalmente se siente vigilado. Es el propio ciudadano el que interioriza que cada uno de sus movimientos actuales (ahora legales) está siendo observado y puede convertirse en cualquier momento, bajo circunstancias que él no controla, en ilegales o, al menos, en sospechosos. Éste tampoco controla qué cambio político o histórico puede provocar que la información recopilada por el Estado sobre su persona se vuelva "interesante" en el futuro. De hecho, el 11-S, del que hoy se cumplen siete años, hizo que muchas personas pasaran a convertirse en "interesantes" a ojos de las autoridades estadounidenses.
Según Foucault, el dispositivo panóptico no es una anomalía de las sociedades democráticas, sino más bien un fenómeno estructural que le es esencial, de forma que al mismo reconocimiento de las libertades le acompaña la implementación de mecanismos por los cuales el poder y el dominio pueden ser interiorizados por el individuo, quien se convierte de una vez en vigilante de sí mismo.
Se dirá que tales mecanismos de control permiten evitar de forma eficiente atentados contras las personas, la infracción de delitos en internet como la pedofilia, etc. Con todo, creo que no corresponde hablar de "eficiencia" si el coste de esta vigilancia supone convertir a todo ciudadano en sospechoso de facto.
No faltará quien pueda constatar que al menos él no tiene nada que ocultar, por lo que prefiere ser vigilado si con ello el Estado lo protege y le hace sentirse más seguro. Hace unos años el filósofo estadounidense Richard Rorty sostenía en un artículo (El País, "Fundamentalismo, enemigo a la vista", 23 de marzo de 2004) que el verdadero reto que suponía para la democracia el terrorismo islamista radicaba realmente en la cantidad de libertad que los ciudadanos estarían dispuestos a ceder a cambio de su seguridad.
Así, hace siete años surgió con ocasión del 11-S la posibilidad de una nueva forma de gestionar y contrarrestar el avance de las libertades individuales, una forma que debía corresponder justamente a aquellos estados en los que, una vez ahuyentados los fantasmas del fascismo y del comunismo, no era posible dar marcha atrás en el reconocimiento de los derechos humanos y los logros de la democracia. Si en nuestras sociedades modernas ya no es posible negar arbitrariamente a un ciudadano sus derechos, posiblemente la única opción disponible para un sistema disciplinar es esperar que el propio ciudadano ceda libremente sus derechos a cambio de que el Estado lo proteja de sí mismo, convirtiéndolo simultáneamente en vigilante y en sospechoso.


Noam Chomsky y Michel Foucault

10 comentarios:

Joaquín dijo...

Gracias por el vídeo y gracias por tu texto. Oír hablar o leer a personas que saben estructurar sus ideas y transmitirlas produce placer. Y el placer es una de las cosas que verdaderamente merecen la pena (obviedad).

lycophon dijo...

La verdad es que este debate franco-americano no tiene desperdicio. Sin embargo, estos dos hombres que se han convertido hoy dIa en vacas sagradas del mundo universitario americano no han evolucionado de la misma manera. Chomski vende libros como churros, diciendo siempre lo mismo, pero cuando somos adolescentes, lo adoramos. Foucault, supongo que no terminO asI porque se fue antes de que pudiera transformarse en un monstruo pendante. En la Sorbonne, Foucault no se estudia !!!

Bon Bonobo dijo...

joaquín, no puede decirse eso de muchos filósofos. Peor Foucault escribe con tal vehemencia y expresividad que uno tiene que pararse para no dejarse llevar al huerto sólo con las formas... Eso sí, lo que este hombre pensó es hoy en día muy potente. Me alegro que a ti también te lo parezca. Un abrazo!

Bon Bonobo dijo...

Lycophon, lo de que a Foucault no se le estudia en la Sorbona es penoso, pero no sorprendente... La sombra era muy grande y otros dinosaurios de la posmodernidad no hubieran echado ramas si Foucault no hubiera acabado en el olvido. En mi caso era peor, en la facultad nos explicaban sus evoluciones intelectuales con muletillas del estilo "y entonces su homosexualidad le llevó a...". A Chomsky no lo sigo tanto, pero ya en esa conferencia se me aparece un tanto ingenuo, con esa apelación a la creatividad.

Joaquín dijo...

En realidad, yo me refería más bien a Chomski (soy uno de los "adolescentes" que cita Lycophon, culpable en parte de que Noam pusiera su churrería). Pero coincido en que la vehemencia de Foucault es cautivadora.

Bon Bonobo dijo...

Ok, Joaquín, pensé que te referías a Foucault. Es cierto que yo a Chomsky lo conozco menos, así como su evolución desde el momento de esa conferencia. Posiblemente la impresión de ingenuidad que da Chomsky, a la que me refiero en el otro comentario, viene dada por el mismo inicio del comentario de Foucault, quien parece tildarlo de idealista. Como sabes, se trata de un extracto de esa discusión. En Youtube (y al pie del video aquí colgado, una vez que finaliza) encuentras las otras partes, si bien subtitulada sólo en inglés. Saludos!!

lycophon dijo...

Es cierto, Bonobo. Parece mentira que algunos profesores digan que el pensamiento de un intelectual de la talla de Foucault pueda estar condicionado por su homosexualidad. Qué necedad ! También estoy de acuerdo contigo en que habla con mucha vehemencia. Es cautivador. Y por supuesto, hay un abismo entre la formación del francés y la de Mister Chomsky.

Antonio dijo...

Lycophon,

por supuesto que hay un abismo entre Chomsky y Foucault, ¿pero quién está arriba según tú? Supongo que eso es relativo no?

Joder, estamos hablando de un tipo (Chomsky) que ha influido en muchas áreas fuera de lo panfletario, así que mejor no ser condescendiente - y que conste que me gusta Foucault, pero no me gusta comparar pensadores en estos términos!

Antonio

Bon Bonobo dijo...

También lo veo así, Antonio. Las comparaciones entre dos filósofos no permiten hacer justicia a ninguno de los dos. Hay que tener en cuenta el nivel de actualidad que ha sostenido Chomsky en el panorama de la crítica política hasta el día de hoy, especialmente en todo lo referente a las derivaciones de la política antiterrorista estadounidense y europea. No hay mucha gente con la docencia suficiente para mantenerse en esa posición durante varias décadas.

lycophon dijo...

Dicen que las comparaciones son odiosas pero no he podido evitar compararlos. Lo siento. La elocuencia de Foucault me parece superior, lo confieso, y por supuesto, no dudo que su formación académica también lo sea. Yo, adolescente en otro tiempo, como Joaquín, admiraba mucho a Chomsky, no por su obra como lingüista, sino por su manera de criticar la política de USA. Hace poco, vi un vídeo en el que Chomsky habla con una periodista venezolana de lo importante que es la lectura. Pues bien, durante esa entrevista, puso un ejemplo « español »…podría haber hablado del americano medio que no sabe dónde se encuentra Europa en un mapamundi, pero no, eligió la España de los años 80. Cuenta que la UCM lo invitó para dar una conferencia entre científicos importantes (supongo que filólogos) y no se le ocurrió otra cosa que hacer una alusión al « caballero de la Mancha ». Chomsky dice en esta entrevista, que el auditorio no sabía quién era Don Quijote y a mí me parece que aquí se cuela tres pueblos. Lo que sí pudo ocurrir es que su conferencia fuera en inglés y la gente, al no entender, no reaccionaba, ni se reía, ni captaba las sutilezas de su discurso. Viniendo de un hombre tan brillante, me parece estúpido que sea capaz de contar este tipo de anécdotas. Desde entonces, se me cayó el mito Chomsky lo convertí en churrero de ideas y de « datos » que sazona en sus escritos a su gusto, cuando el gobierno americano no le concede las becas para su maravillosa labor investigadora.